Como un muerto

 

 

COMO UN MUERTO

 

 

    Era un venerable maestro. En sus ojos había un reconfortante destello de paz permanente. Sólo tenía un discípulo, al que paulatinamente iba impartiendo la enseñanza trascendental. 

    El cielo se había teñido de una hermosa tonalidad de naranja-oro, cuando el maestro se dirigió al discípulo y le ordenó:

 

        - Querido mío, mi muy querido amigo, acércate al cementerio y, una vez allí, con toda la fuerza de tus pulmones, comienza a gritar toda clase de halagos a los muertos.

 

    El discípulo caminó hasta un cementerio cercano. El silencio era sobrecogedor. 

    Quebró la apacible atmósfera del lugar gritando toda clase de elogios a los muertos. Después regresó junto a su maestro.

 

        - ¿Qué te respondieron los muertos? -preguntó el maestro.

 

        - Nada dijeron.

 

        - En ese caso, mi muy querido amigo, vuelve al cementerio y lanza toda suerte de insultos a los muertos.

 

    El discípulo regresó hasta el silente cementerio. A pleno pulmón, comenzó a soltar toda clase de improperios contra los muertos. Después de unos minutos volvió junto al maestro, que le preguntó al instante:

 

        - ¿Qué te han respondido los muertos?

 

        - De nuevo nada dijeron -repuso el discípulo.

 

    Y el maestro concluyó:

 

        - Pues así debes ser tú: indiferente, como un muerto, a los halagos y a los insultos de los otros.

 

 

 

 

Mejor no dejarse influenciar por lo que digan los demás, ya sea a favor o en contra, porque hoy te pueden estar halagando y mañana te pueden estar insultando, sin haber dado ningún motivo ni para una cosa ni para la otra.

Ya lo dijo William Shakespeare: "No eres mejor porque te alaben ni peor porque te vituperen: Lo que eres, eres"

 

 



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